Con inmenso placer quiero presentaros mi primera novela romántica. En ella he procurado sumergir imágenes y situaciones que de una u otra manera, un ser sensible como mi protagonista, Blanca, puede vivir.

En sus párrafos encontrareis amores, desamores, caricias reprimidas, celos, envidias, pero sobre todo situaciones divertidas.

Mi adorable Blanca es una hermosa pelirroja, que desconoce sus encantos, que hay que ayudarla a superar su inseguridad, su más fiel compañera. Su excesiva sensibilidad le dan muy poco espacio para desenvolverse en el mundo de la moda.

Os adelanto que la puse a trabajar en una Revista de Moda, de las más prestigiosas de España, y desde que entró como asistente de su jefe, Daniel, fue su sempiterna enamorada, mientras que para él no era más que su “gordi”.

Pero para darle más trabajo a mi adorable Blanca le coloque otro jefe; a Marisa una hermosa mujer cizañera, con genes de bruja, dedicada a maltratar y humillar a los más débiles.

Sin embargo, Blanca tiene dos increíbles amigos: Noelia y Erik, que en todo momento le brindan apoyo emocional y la impulsan a que aprenda a tomar decisiones en su vida. Por eso, Erik le dice: «Eres una persona increíble. Solo hace falta que tú te lo creas”.

En la fiesta del aniversario de la revista, el amor imposible de Blanca, su jefe Daniel, la llamo por el apodo que él, tenía para ella. Sintió por primera vez que él no le tenía el más mínimo respeto y las cosas empezaron a cambiar.

A partir de ese momento renace, como el ave Fénix, su hermosa personalidad y descubre otros sentimientos.  

En resumen, os puedo asegurar que encontraréis una novela divertida y adictiva, que os dejará un buen gusto y ganas de seguir leyendo.

Sinopsis

Durante siete años, Blanca Serra ha sido la asistente y ayudante de Daniel Alemany en la revista Fashion Style. Blanca lleva todo ese tiempo enamorada de él, pero su presencia es casi invisible, solo la necesita para que realice y termine el trabajo que tendría que hacer él.

Sus amigos Erik y Noelia, que también trabajan en la revista, son los que la intentan sacar del cascarón en el que vive y hacerla ver que Daniel jamás cambiará, y menos por ella.

La aparición de Pablo, propietario y director de la revista, que vive y trabaja enclaustrado en su casa sin querer volver a tener una relación sentimental seria, marcará un antes y un después en la vida de Blanca.

Pero como suele ocurrir en estos casos, ¿cuáles serán las consecuencias para Blanca?

Breve fragmento de “Con una sola mirada”

Era miércoles, faltaban tres meses para la gran noche y las llamadas y mensajes en la revista no cesaban, a pesar de que Blanca era simplemente una asistente y que el grueso de la organización debía llevarlo Daniel, ella estaba nerviosa.

 Nada podía salir mal, ya que Erik se ocupaba del resto, así que ella tenía que estar tranquila, ¿o no?

Las dudas la asaltaban cada dos por tres, llegando a tener problemas para conciliar el sueño. Y si se ponía a pensar en Pablo… eso la desquiciaba todavía más. No sabía el por qué, pero Daniel dio paso a Pablo en sus pensamientos reclamando su total atención.

Un ambiente recargado y saturado de lujo y detalles, era lo que requería aquel aniversario, y ella creía saber por dónde comenzar. Así que se dirigió hacia el despacho de Daniel para organizar la agenda y mostrarle las ideas que había tenido sobre el sitio para el aniversario.

Daniel le dio paso para que entrara en el despacho sentado en su flamante silla. Ella notó enseguida una diferencia con su hermano: la postura de Daniel era la de alguien muy despreocupado, al contrario que su hermano, y al ver su ademán, hablando con la persona que estuviera al otro lado de la línea de su teléfono móvil, esa percepción se acentuó. No hubiera pensado nunca en que llegara algún momento en que viera a Daniel de otra manera de cómo lo había visto hasta aquel momento.

—Hola, Blanca. —La saludó después de terminar su llamada.

—Hola, Daniel, buenos días. —Se sentó erguida, en la silla, delante de la mesa de Daniel. — ¿Cómo va la preparación de la fiesta de aniversario? —preguntó sin rodeos. Quería saber que todo estaba yendo viento en popa.

—Oh. —Levantó ambos brazos, los cruzó por la nuca. —De eso quería hablar contigo —se acomodó en el respaldo tumbándose ligeramente —Mira, yo ahora mismo no tengo tiempo para organizaciones, tengo un montón de cosas que hacer, y para lo que menos tiempo tengo es para organizar. —La miró a los ojos condescendiente —Creo, que quien mejor puede encargarse de organizar todo este “sarao” —matizó entrecomillando —es… Marisa. Así que, te pido por favor que subas a su despacho y hables con ella sobre la agenda y los preparativos, ¿sí?

Blanca se quedó de piedra. ¿Marisa? ¿Qué tenía que ir a hablar con Marisa? Se la iba a comer sin masticar.

—Bien —respiró profundamente. Se levantó de la silla. —Entonces… —le miró a los ojos —me voy a la planta séptima. ¿Se lo dirás tú o me presento, y ya está?

—Preséntate… no le importará. Es más, creo que incluso se va a alegrar.

—Entonces hasta luego, ya te contaré.

Blanca salió del despacho sin darle opción a responder. La irritaba sobremanera, y de eso hacía poco que se había dado cuenta. La poca seriedad con la que Daniel se tomaba las cosas. Le seguía queriendo como el primer día, pero más a menudo de lo que le gustaría, se daba cuenta de pequeñas cosas que ya no le hacían tanta gracia como antes.

¡Tres meses! —exclamó Blanca mientras esperaba a que el ascensor se parara en la planta séptima. — ¡Qué generoso ha sido Daniel!  Le va a encantar…sí, seguro que le va a encantar…

Salió del ascensor preguntándose como la iba a recibir Marisa en su despacho. Pasó por la puerta del despacho que se suponía era de Pablo. Nada. No se escuchaba nada. La puerta estaba cerrada, aunque los cristales opacos dejaban a la vista desde fuera, la luz natural que entraba; así que supuso que habría alguien dentro, ¿estaría Pablo trabajando? No iba a preguntar, así que pasó de largo.

Llamó a la puerta del despacho de Marisa con dos golpes secos de la mano. Al escuchar su peculiar tono de voz dando paso, abrió la puerta. No hubiera sospechado en la vida que el despacho de Marisa fuese tan… impersonal. Era mucho más grande y amplio que el de Daniel, incluso que el de Erik, pero aquel despacho, y con mucha diferencia, destilaba frialdad e impersonalidad. Todos los armarios eran de madera lacados en blanco. La mesa de trabajo de Marisa era también blanca, pero veteada con tintes envejecidos, y una gran alfombra, también de color blanco aterciopelada, ocupaba la parte central, con una mesa baja de cristal y un enorme jarrón, supuso de origen chino, que hacía imperceptible a cualquiera que esperara lo que estaba realizando su dueña.

— ¿A qué se debe el honor? —preguntó sin saludar, percibiendo en la sonrisa que mostraba un desprecio total hacia ella.

—Discul… —tartamudeó ante tanta inquina —disculpe, Marisa. Me ha enviado Daniel.

—Daniel. —Marisa le lanzó una mirada de odio, mirándola como solo ella sabía. Con aquella mirada podía hacer llorar hasta al mismísimo Dalai Lama. —Qué generoso ha sido enviando a su secretarucha. ¿Y qué es lo que necesita?

Blanca no se movió de la entrada. Se sentía paralizada. Por muchas vueltas que le diera a la cabeza, no entendía el porqué de ese odio visceral hacia ella.

—Bien…bueno… verá… me manda para que la ayude en los preparativos y organización del aniversario de la revista, y…

—Y nada. ¿Me oyes? Y nada. Tú, aquí no pintas nada. —Se levantó como un resorte de su silla, paró su marcha hacia ella, se apoyó en su mesa y la observó con la cabeza ligeramente inclinada —Aunque…ven, acércate.

Blanca se acercó sin fiarse. Sus pasos iban pausados y despacio. Aquella mujer no le gustaba ni un pelo. Se le llegó a pasar por la cabeza que le iba a pegar.

Un dedo índice y largo la señaló. —Ven, acércate más.

Blanca se posicionó a escasos pasos de ella. Estaban las dos situadas frente a frente.

—Cuanto antes encuentres otro trabajo, secretarucha, mejor.

— ¿Cómo dice?

— ¿Cuánto hace que te dije que aquí tenías que venir vestida adecuadamente? —Se le acercó más. — ¿Cuánto? ¡Mírate! Ya no sé qué pareces.

—Marisa… —se miró y ahogó un sollozo. —Mire, ayer me pasé toda la tarde probándome ropa y esto que llevo es lo más elegante que tengo. Marisa, no sé qué he dicho o hecho para que la desagrade tanto, pero le prometo que haré lo que sea para enmendar mis errores, solo le pido que por favor no me eche. —Se llevó las manos a la cara para evitar soltar el llanto. —Se lo ruego, por favor. Me gusta mi trabajo. Me gusta la revista, y si usted me pide que me vista de otra forma, le juro que esta tarde en cuanto salga me voy a comprar la ropa adecuada para la revista, pero por favor —puso las manos en cruz —le pido que no me eche de la revista, me gusta y necesito este trabajo.

—Vaya, secretarucha y llorona. No sé qué me da más asco o pena…. —Cruzó los brazos a la altura de su pecho y la observó mientras sonreía de manera sardónica. —Creo que me voy a quedar ahí sentada —señaló su silla —y tú te vas a encargar de todo lo que concierne a la preparación del aniversario de esta…revista. Ahora, como de todo esto resulte una porquería, tú, te vas a ir por la puerta trasera con una patada que yo personalmente te voy a dar. —Se dio la vuelta y se volvió a sentar en su silla sin mirarla.

Blanca se quedó sin habla. Por un breve momento la idea de que la despidiera se había hecho realidad y no tenía armas, argumentos, ni idea, de cómo reaccionar ante las palabras de Marisa. Se dio la vuelta mirándola de reojo, y se dirigió a la puerta.

—Secretarucha, espero que mañana vengas vestida de una manera más refinada, y no con un simple pantalón de color negro sacado de un mercadillo de segunda mano, y una blusa de color entre gris orfelinato y blanco lechoso.